En Armenia, la música tiene nombre propio. Durante más de dos décadas, el maestro Juan José Ramírez Gómez no solo dirigió una banda, sino que sembró un proyecto de vida en cientos de niños y jóvenes que encontraron en el arte un camino posible. Hoy, tras su retiro de la Corporación de Cultura y Turismo de Armenia, su historia se lee como la de un hombre que hizo de la música una misión y de la enseñanza, su mayor obra.
Su relación con la música no comenzó en un aula ni en un escenario, sino en casa. Nacido en una familia profundamente musical del Quindío, creció bajo la guía de su padre, el maestro Luis Ángel Ramírez Alzate, fundador de la Banda Departamental de Músicos del Quindío. Allí, entre ensayos familiares y presentaciones que marcaron una época en la región, aprendió que la música era más que una disciplina: era una forma de vida.
Desde muy pequeño, su talento empezó a florecer. A los siete años compuso su primera obra, y desde entonces su camino como creador no se detuvo. Con el paso del tiempo se consolidó como compositor, arreglista y director, construyendo un catálogo de más de 300 obras que hoy hacen parte del repertorio bandístico en Colombia y en otros países. Su música, cargada de identidad, ha sabido dialogar con los sonidos tradicionales colombianos desde una mirada contemporánea, aportando de manera significativa al patrimonio cultural del país.
Pero si bien su trayectoria artística es amplia y reconocida —con premios en concursos nacionales, publicaciones en bancos de partituras del Ministerio de Cultura y múltiples distinciones—, su legado más profundo no está escrito en sus composiciones, sino en las generaciones que formó.
El año 2002 marcaría un punto de inflexión en su historia. Entonces asumió el reto de crear la Banda Sinfónica Juvenil de Armenia, un proyecto que, con el respaldo de la Administración Municipal y la Corporación de Cultura y Turismo, se convertiría en uno de los procesos formativos más importantes de la ciudad. Lo que comenzó como una apuesta institucional se transformó, bajo su liderazgo, en un referente nacional.
“Ha sido un honor hacer parte de este proceso. Hemos logrado consolidar una de las mejores bandas juveniles del país”, afirma el maestro, al recordar más de veinte años de trabajo continuo. Bajo su batuta, más de 600 niños y jóvenes pasaron por este proceso, muchos de ellos provenientes de distintos barrios y comunas de Armenia, encontrando en la música no solo una formación artística, sino un proyecto de vida.
La banda no tardó en destacarse. Participaciones en encuentros y concursos nacionales, producciones discográficas y reconocimientos en escenarios como el Concurso Nacional de Bandas Musicales de Paipa evidenciaron la solidez de un proceso que trascendía lo técnico para convertirse en una experiencia de transformación social.
Porque para el maestro Ramírez, la música siempre fue más que interpretar correctamente una partitura. Fue una herramienta para formar seres humanos. En cada ensayo, en cada clase, dejó un mensaje claro: el arte exige disciplina, respeto y compromiso. “Quiero dejar el amor por la música, el respeto por los demás. El arte no es un pasatiempo, es una forma de vida”, expresa, como quien resume décadas de enseñanza en una sola idea.
Su labor también abrió camino para el fortalecimiento del movimiento bandístico en el Quindío y en Colombia. Fue pionero en la creación de bandas juveniles, enriqueció el repertorio con obras originales y llevó el nombre del departamento a escenarios nacionales, posicionándolo como un territorio de talento y tradición musical.
A lo largo de su carrera, recibió reconocimientos que dan cuenta de su impacto: desde distinciones como “Gran Maestro en Música” otorgada por el Ministerio de Cultura, hasta homenajes de entidades locales y nacionales que han exaltado su aporte al desarrollo cultural. Sin embargo, más allá de las medallas, su mayor reconocimiento está en la memoria viva de sus estudiantes, en cada músico que hoy continúa su camino gracias a una enseñanza que trascendió lo académico.
Este año, al cerrar su ciclo en la Corporación de Cultura y Turismo de Armenia, no se apaga su legado. Por el contrario, este se multiplica en cada escenario donde suene una banda, en cada joven que decidió hacer de la música su vida, en cada obra que sigue interpretándose dentro y fuera del país.
Su reciente publicación “Serie Memorias”, que recoge parte de su trabajo compositivo, es también una forma de dejar testimonio de su recorrido. En ella, el maestro reúne obras dedicadas a su tierra, a su historia y a los logros que marcaron su carrera, condensando en partituras el amor profundo que siempre ha sentido por Armenia y el Quindío.
El maestro Juan José Ramírez se despide de la dirección, pero no de la música. Su historia permanece abierta, resonando en cada nota que ayudó a construir. Porque su verdadera obra no es solo lo que escribió, sino lo que sembró: disciplina, sensibilidad, identidad y sueños.
En una ciudad que aprendió a escucharse a través de su trabajo, su nombre ya no pertenece únicamente a una trayectoria individual, sino a la memoria cultural colectiva. Y es allí, en ese lugar donde habitan los legados que perduran, donde el maestro seguirá dirigiendo, incluso en silencio, la música de toda una generación.
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